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19 mayo 2011 4 19 /05 /mayo /2011 09:13


Fotografía de doble exposición de Carl Willis y Marc Seifer, con Nikola Tesla en su laboratorio de Colorado (1900)




«En Nueva York acaba de fallecer el inventor del “rayo de la muerte” Nikola Tesla a los 86 años de edad. Como se recordará, el invento de Tesla estaba especialmente dedicado contra la Aviación», anunciaba ABC, en una pequeña reseña, el 10 de enero de 1943. Este ingeniero nacido en el Imperio austrohúngaro afincado en Estados Unidos, al que la prensa de la época se refería como un «genio», como el «gran fabricante de maravillas», el «ilustre electricista» o el «prestigioso hombre de ciencia», no goza hoy, sin embargo, de toda la fama que debería. Su nombre no suele figurar en las listas de los mayores inventores de la historia, a pesar de que entre sus creaciones, muchas de ellas importantes para el desarrollo de la humanidad, figuran por ejemplo la radio FM (falsamente atribuida a Marconi), el control remoto, los primeros robots, las bujías, las luces fluorescentes, la telegrafía sin hilos, la bombilla o aplicaciones tecnológicas de todo tipo por las que puede ser considerado uno de los promotores más importantes del nacimiento de la electricidad comercial.
ORTIZ


Imagen de Tesla en 1910

Entre los más de 700 inventos patentados que le atribuía ABC, el nombre de Nikola Tesla en la actualidad suele asociarse, principal y quizá injustamente, a este «rayo de la muerte» mencionado en su necrológica. Comenzó a proyectarlo durante la Primera Guerra Mundial y ya en 1917 la prensa se hacía eco de él. Según la revista «Madrid científico», éste podía «emitir, a través del aire, una onda eléctrica que haga estallar a gran distancia los explosivos del enemigo». «Puede afirmarse casi con seguridad –declaraba Tesla a la misma revista–, que esta es la última guerra en que la pólvora y los explosivos decidirán la lucha. La guerra futura se hará por medio de la electricidad. El cañón resultará impotente para el arma del porvenir. Se ha llegado al límite».
El proyecto «mortal» de Tesla –también conocido como «rayo de telefuerza»– seguía adelante, y en la década de 1920 el ingeniero declaraba que estaba diseñando una torre que podía lanzar un gigantesco rayo de partículas ionizadas, capaz de desintegrar un avión a más de 330 kilómetros de distancia y hacer desaparecer a la gente como si de hormigas se tratara. Supuestamente, esta disparaba rayos de 60 millones de voltios, capaces de volatilizar el acero, aunque su efectividad se vería mermada en las largas distancias por la curvatura de la Tierra.
«Muerte, fuego y explosión»

La transmisión de grandes cantidades de energía sin necesidad de conductores era un campo en el que Tesla llevaba trabajando más de 20 años con mucho éxito, y ya en 1917, durante la Primera Guerra Mundial, se había atrevido incluso a sugerir que si desvelaba detalles de su megaproyecto, los combatientes podrían aprovecharlos para «aumentar el horror» de sus enemigos. Pero adelantaba, de todas formas, que con sus aplicaciones se podría provocar «la muerte, el fuego y la explosión, causadas a distancia por medio de máquinas silenciosas». «Ese día –concluía seguro de sí mismo– acabarán las guerras».
VIDAL


Nikola Tesla, tres años antes de morir

La primera gran guerra, sin embargo, no acabó hasta 1918. El proyecto de Tesla, que corría de boca en boca, no se había llevado a la práctica. Sin embargo, en la prensa de 1934, el «rayo de la muerte» parecía ya una realidad, que «El siglo futuro» definía como un arma de «60 millones de voltios, muerte y exterminio a 400 kilómetros de distancia», y la revista «Blanco y Negro» como un artefacto capaz de «exterminar a distancia un ejército de 1.000.000 de hombres».
Con toda esta apocalíptica propaganda, Nikola Tesla se empeñó en defender el valor científico de su obra más allá del militar, definiéndola como «la mayor ayuda que tiene la causa de la paz internacional, porque, empleando la transmisión de energía por el aire, cada nación de la tierra se hará inexpugnable a las invasiones». Creía Tesla que si entregaba este «rayo de la muerte» a cada país para que lo utilizase como arma defensiva, terminarían las guerras que tanto odiaba. Una especie de equilibrio basado en la fuerza, como el que se daba en la Guerra Fría. Pero subrayaba, además, las increíbles ventajas que traería en terreno comercial e industrial, revolucionando los sistemas de producción y transporte.
Segunda Guerra Mundial

Con el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial, la prensa se volvió a hacer eco del proyecto del «rayo de la muerte», que en ocasiones también ha sido atribuido a otros científicos e inventores. Pero lo cierto es que jamás se llevó a la práctica, pues la mayor parte de los esquemas y planos sólo existían en la cabeza de Telsa, de tal forma que cuando murió de un ataque al corazón en 1943, se conocían muy pocos datos importantes del proyecto de este candidato, junto a Thomas Edison, de Premio Nobel. Aun así, Hoover y el FBI confiscaron todos sus efectos personales y los pusieron a buen recaudo, por pura seguridad… alimentando, eso sí, la imaginación de muchos autores de ciencia ficción.
Los otros inventos de Nikola Tesla

I.V.
Nikola Tesla fue un personaje muy famoso cuyos inventos eran recogidos por la prensa de la época, que a veces los calificaba de verdaderos avances para la humanidad y otras de auténticas locuras.
A finales del siglo XIX y principios del XX, la revista «Madrid Científico» informaba, por ejemplo, de que Tesla «acababa de fabricar la luz diurna artificial». «El Día» que estaba «haciendo experimentos con un aparato telegráfico de su invención, con el cual esperaba transmitir hasta 2.000 palabras por minuto, sin necesidad de hacer uso de hilos ordinarios». «El Mundo Naval Ilustrado» que podría «transformar la fuerza del Niágara en energía eléctrica, transportable sin necesidad de hilos hasta París», o manejar un barco «desde la costa a voluntad (…) sin necesidad de tripulantes ni conductores metálicos», o, entre otros muchos, la revista «Alrededor del mundo», que destacaba varios inventos de Tesla como «el proyecto de emplear el sol como fuerza para accionar los motores de las fábricas, de los trenes, de los vapores» o uno de los más fascinantes que llamaba la ««telegrafía visual», es decir, un aparato con el que «no se tiene más que mirar en el receptor de un teléfono ordinario para ver la cara y todo cuanto rodea a la persona con quien se está hablando al otro extremos de la ciudad o en otra población distante». Proyectos, en fin, para un futuro que, durante aquellos años, debía parecer pura ciencia ficción.

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Published by chaba
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