La Tierra es un planeta que destaca por razones obvias. Pero lo cierto es que en nuestro propio Sistema Solar hay otros que cuentan con cosas bastante atractivas, como anillos de asteroides… o varias lunas. Nosotros sólo tenemos una. Aunque, en varias ocasiones, se llegó a pensar que quizá nuestro satélite no estaba solo ahí arriba.

La búsqueda por la segunda luna comenzó en 1846, cuando un joven astrónomo llamado Fréderic Petit anunció que acababa de encontrar otro satélite orbitando nuestro planeta. Todo se trataba de un error de cálculo: él creía que la órbita lunar tenía lugar cada 2 horas y 45 minutos, con lo cual tenía que haber otra. Nadie le tomó en serio, excepto una persona: Julio Verne.



En 1861, 15 años después, publicó un artículo en un periódico, en el que describía ciertas irregularidades en la órbita que probaban (según él), la existencia de “otra” Luna. De nuevo, cayó en oídos sordos, pero a Verne le llamó la atención su teoría. En 1870 publicó su libro “Alrededor de la luna”, la secuela a su exitoso libro “De la Tierra a la Luna”, y allí no sólo aparecía un segundo satélite, sino que nombraba expresamente al creador de esta conjetura:

“Sí, amigo mío, tiene dos lunas, aunque normalmente se cree que sólo tiene una. Pero esta segunda luna es tan pequeña, y su velocidad tan elevada, que los habitantes de la Tierra no pueden verla. Fue detectando perturbaciones por lo que un astrónomo francés, Monsieur Petit, pudo determinar la existencia de esta segunda luna, y calcular su órbita. Según él, una órbita completa alrededor de la Tierra le lleva tres horas y veinte minutos. . . . “



A partir de este libro, la idea cobró popularidad. A finales del siglo XIX, otro astrónomo, el Dr. Georg Waltemath, de Hamburgo, fue más allá. No es que tuviéramos ya un segundo satélite, no…. Es que, según él, teníamos un montón de pequeñas lunas orbitando nuestro planeta, sólo que aún no nos habíamos dado cuenta.

Tras muchos meses de observación y cálculos, formuló su teoría: había detectado otro cuerpo celeste cercano, cuya órbita tomaba 119 días. Y además, había sido vista por otros observadores. Afirmó que el 16 de Febrero de 1898 se podría ver las dos lunas simultáneamente. Y aunque, lógicamente, no llegaron a verlas, Waltemath seguía dale Perico al torno: el 20 de Julio anunció que había detectado una tercera. A estas alturas ya nadie le hacía caso.



Pero esta teoría volvió a cobrar importancia en los años 50, cuando arrancaba la carrera espacial. Los EEUU comenzaron a estudiar profundamente el cosmos para poner sus ingenios en el espacio con la mayor seguridad. Clyde Tombaugh, el descubridor de Plutón, se puso manos a la obra.

Cuando se filtró la noticia, la gente se emocionó: el periódico LA Times explicaba que cualquier pequeña luna descubierta por Tombaugh sería “un escalón hacia las estrellas”, donde detenerse antes de seguir. O, al menos, una plataforma donde instalar bases de misiles.

Tombaugh concluyó su investigación en 1960: no encontró nada más grande que un zapato. Pero un chalado llamado John Bagby se enamoró de la idea, y se pasó varios años hablando de diferentes satélites que orbitaban la tierra, los restos de un cuerpo celeste que explosionó en 1955. Y nosotros sin enterarnos.



En realidad, el único cuerpo celeste que ha orbitado la tierra, al margen de la Luna, fue el asteroide 2006 RH 120, una pequeña roca estelar que entró en nuestro pozo de gravedad hace unos años; nos orbitó durante 11 meses y volvió a perderse por el sistema solar. Dicen que volverá por aquí en 2028.

Si os da un poquito de pena que sigamos teniendo una sola compañera celestial, os podéis conformar con Cruithne, un pequeño planetoide que orbita el Sol, pero cuya trayectoria coincide con la de la Tierra durante cierto tiempo: se acerca y aleja en un extraño recorrido en forma de judía.